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miércoles, 7 de noviembre de 2018

ARIGlobal: Hacia una nueva política exterior


Espacio de reflexión sobre la realidad internacional a cargo de docentes e investigadores vinculados al postgrado de relaciones internacionales y globales de la UCV.  Opiniones, comentarios y reflexiones sobre distintos temas de la agenda internacional y de las relaciones exteriores  de Venezuela que combina lo interméstico y global






María Gabriela Mata Carnevali
“¡Con qué abundancia se soñó en todo tiempo con una vida mejor que fuera posible! La vida de todos los hombres se halla cruzada por sueños soñados despierto”, dice Ernst Bloch (1959); una parte de ellos es simplemente una fuga banal, pero otra parte incita, no permite conformarse con lo malo existente y te invita a construir el lugar que sueñas para vivir: U-topos, literalmente, un lugar que no existe todavía, otro lugar. Es decir, no permite la renuncia. Esta otra parte tiene en su núcleo la esperanza y es trasmisible.

En plena crisis de crecimiento y de sentido, algunos podrían apostar, no sin fundamento, a que hemos perdido nuestra capacidad de soñar colectivamente y de imaginarnos en el futuro, aquí, pero de otro modo. Afortunadamente, la utopía es el lugar mismo del pensamiento creativo. La imaginación que genera la realidad.

¿Por qué no imaginar desde ya, con conciencia anticipadora, una nueva política exterior para Venezuela?  Lo primero es imaginar el escenario dado que, como proceso que envuelve el balance de fines, medios, acciones y resultados esperados, la política exterior responde a, es producto de, está imbuida en y limitada por el contexto nacional e internacional.  Esto solo nos llevaría más espacio del que tenemos disponible. Sin embargo, podemos limitarnos a un aspecto: el político ideológico.

En agenda: el multilateralismo, la justicia transicional y los derechos humanos

El triunfo de Bolsonaro en Brasil, un reconocido nostálgico de las dictaduras militares de la década de 1970, parece afianzar el giro hacia la derecha de los últimos años en América Latina marcados por los triunfos de Mauricio Macri en Argentina en 2015, Sebastián Piñera en Chile en 2017, Mario Abdo Benítez en Paraguay e Iván Duque en Colombia en 2018.

Con excepción de México, que apostó recientemente por Manuel López Obrador, el ejemplo catastrófico de lo que la izquierda ha hecho de Venezuela parece haber disuadido a un electorado que, con las particularidades de cada caso, aspira más de sus Democracias. Lamentablemente, el descontento popular se tiñe esta vez de populismo, un populismo de derecha, pero populismo al fin, y los populismos, cualquiera sea su bandera ideológica, terminan por desacreditar a los actores e instituciones tradicionales y abonar algún tipo de autoritarismo.

 Así las cosas, pareciera evidente que la división tradicional de izquierda-derecha es insuficiente para hacer una lectura política de la región y del mundo, y se impone un análisis que contemple las más nuevas tendencias en las Relaciones Internacionales.

El discurso de Bolsonaro, curiosa mezcla de militarismo, neoliberalismo y religión, apuntala la tendencia global hacia los nacionalismos autoritarios que vemos emerger en movimientos como el Frente Nacional de Francia,​ la Fidesz de Hungría la Alternativa para Alemania, los Demócratas de Suecia,​ el Partido por la Libertad de Holanda,​ la Liga del Norte de Italia, el Partido de la Libertad de Austria, el Partido Popular de Suiza ​y el movimiento identitario paneuropeo, y en líderes como el japonés Shinzo Abe, el indio Narendra Modi, el ruso Vladimir Putin, el chino Xi Jinping y el estadounidense Donald Trump,  y otros con características similares en Polonia, Egipto, Filipinas, Tailandia y Corea del Sur. Nacionalismos que se traducen en políticas proteccionistas y discriminatorias contra los grupos minoritarios y los inmigrantes, abandonando o desconociendo instancias multilaterales y denunciando tratados internacionales, a contracorriente con los procesos y valores de la gobernanza global, que se inscriben en un marco liberal-institucionalista.  

Esto es importante, importantísimo, si consideramos que el rescate, consolidación, proyección y defensa de la Democracia, que imaginamos entre las líneas rectoras de esa nueva política exterior junto a la reinserción decorosa del país en la economía mundial, habrá de darse en un contexto si no adverso, si dividido por cuestiones de soberanía, y tendremos que sumarnos con bríos a las voces que defiendan el multilateralismo y la universalidad de los derechos humanos.

 A continuación, proponemos dos acciones que nos ayudarán a avanzar en la dirección indicada, perfectamente plausibles en el marco de medios mermados que habremos de afrontar, una urgente y la otra prioritaria:

La urgente. El regreso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), no solo porque es uno de los pilares del sistema Interamericano de Derechos Humanos, sino porque puede ser una guía invalorable en el camino de la justicia transicional.

La justicia transicional alude a las formas que han utilizado algunos países para enfrentarse a violaciones de DDHH masivas o sistemáticas, de tal magnitud y gravedad que el sistema judicial convencional no puede darles una respuesta adecuada.  No es un modelo único. Cada uno ha de diseñar su propia hoja de ruta para implementar los mecanismos que más se adapten a su realidad; pero, sin duda, es un camino que hay que transitar en la construcción de la Paz. La propuesta  ya fue lanzada públicamente el 15 de junio de 2017 en la ciudad de Caracas con la asistencia de representantes de más 20 organizaciones civiles, las cuales firmaron un compromiso, el Compromiso de la Sociedad Civil organizada con los principios y aplicación de la Justicia Transicional en Venezuela (Iniciativa Justicia Transicional, 2017). La verdad es que hasta hace algún tiempo era mirada como sinónimo de impunidad, pero ya empieza a ser considerada una forma de abrir las puertas al cambio por vías pacíficas siguiendo el ejemplo de países hermanos, algunos de los cuales se apoyaron en la CIDH[1].

El tema de la transición democrática en Venezuela ha venido siendo evaluado, entre otros, por el Centro de Estudios Políticos de la UCAB, así como por algunas individualidades calificadas como Miguel Mónaco, José Ignacio Hernández y Asdrúbal Aguiar. Por su parte, la fiscal general de la República en el exilio, Luisa Ortega Díaz, presentó ante la Asamblea Nacional un proyecto de Ley de Amnistía, cuyo propósito básico es otorgar beneficios penales a aquellos funcionarios que decidan colaborar con el restablecimiento del orden constitucional (El Nacional, 4 junio, 2018).
           
En la convicción de que lo urgente no debe nunca opacar lo importante, creemos necesario posicionar a Venezuela como defensor global de la Democracia y los DDHH. Una vía posible es aportar desde la experiencia reciente, no solo en lo tocante a la normativa de los acuerdos de los que seamos signatarios, sino en la discusión en curso sobre la cuarta generación de derechos humanos relacionada a las TICS o nuevas tecnologías de la información y comunicación y su incidencia en la vida de las personas.

 Según la teoría de la evolución histórica de los DDHH, primero fueron los derechos civiles y políticos que sacó a la luz el liberalismo, vinculados con el principio de libertad. Generalmente se consideran derechos de defensa o negativos, que exigen de los poderes públicos su inhibición y no injerencia en la esfera privada. Son los llamados derechos de «primera generación». La «segunda generación» está conformada por los derechos económicos, sociales y culturales, que están vinculados con el principio de igualdad, tan caro a los movimientos socialistas. Exigen para su realización efectiva de la intervención de los poderes públicos a través de la prestación de servicios. La idea fue dotar de un apoyo real a las libertades, porque sin alimentación suficiente, sin casa y abrigo, sin protección ante la enfermedad, la ancianidad o el desempleo, resulta por lo menos hipócrita decir a una persona que es libre.

Estas dos generaciones de derechos fueron expresamente reconocidas en la Declaración Internacional de Derechos de las Naciones Unidas de 1948, mientras que el respeto a lo que se viene denominando «derechos de tercera generación» todavía no ha sido objeto de una declaración internacional de las mismas características, pero está presente en la conciencia social. Son los derechos de solidaridad o de los pueblos; contemplan cuestiones de carácter supranacional como la necesidad de preservar el patrimonio común de la humanidad, la justicia internacional, el derecho a la Paz, a un desarrollo sostenible y a un medio ambiente sano. Ya se discute sobre una «cuarta generación» relacionada a las TICS o nuevas tecnologías de la información y comunicación y su incidencia en la vida de las personas.  Dada  la realidad comunicacional venezolana, tenemos mucho que decir al respecto y contamos con especialistas reconocidos que sabrán elevar el mensaje a las instancias pertinentes.




“Justicia Transicional-Arte Textil” Muestra en la Universidad Anáhuac, México. 


Referencias:
Cantón, Santiago (2007). Leyes de amnistía. Víctimas sin mordaza. El impacto del Sistema Interamericano en la Justicia Transicional en Latinoamérica: los casos de Argentina Guatemala, El Salvador y Perú. CIDH.  Revisado: octubre, 2018. Disponible: http://www.corteidh.or.cr/tablas/r29761.pdf

 El Nacional (4 junio, 2018). Ortega Díaz enviará un proyecto de ley de amnistía a la Asamblea Nacional. Revisado: julio, 2018. Disponible: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/ortega-diaz-enviara-proyecto-ley-amnistia-asamblea-nacional_238477

Iniciativa Justicia Transicional (2017) ¿Qué es la justicia transicional? Revisado: julio, 2018. Disponible: http://justiciatransicional.org.ve/iniciativa-justicia-transicional/quienes-somos/




[1] Luego de las rupturas constitucionales y los enfrentamientos internos ocurridos en América Latina durante las décadas de 1970, 1980 y 1990, en algunos países se dieron las circunstancias políticas para dictar «leyes de amnistía», como en Argentina, Uruguay, El Salvador y Perú.
En Argentina y Uruguay, durante los primeros años del primer gobierno democrático luego de la dictadura. En Perú, el gobierno autocrático de Fujimori dictó las Leyes de Amnistía el 14 de junio de 1995. En El Salvador, como parte de los Acuerdos de Paz, se creó una Comisión de la Verdad, cuya acción fue minimizada con la aprobación de la Ley de Amnistía para la Consolidación de la Paz.
Según Santiago Cantón (2007), los de Argentina y Perú son los casos que mejor muestran el efecto positivo que puede tener una ley de este tipo, ya que en ambos la CIDH, los Estados y la Sociedad Civil se entrecruzaron en un diálogo que permitió a las víctimas y familiares encontrar un espacio donde fueran escuchado

martes, 20 de marzo de 2018

ARIGlobal : ¿Intervencionismo? La amenaza conveniente



Espacio de reflexión sobre la realidad internacional a cargo de docentes e investigadores vinculados al postgrado de relaciones internacionales y globales de la UCV.  Opiniones, comentarios y reflexiones sobre distintos temas de la agenda internacional y de las relaciones exteriores  de Venezuela que combina lo interméstico y global


Lucía Galeno *



A partir de las experiencias del pasado reciente, cuando a finales de los años ´80 y principios de los `90, el continente experimentó los últimos episodios de las intervenciones armadas estadounidenses, iniciadas a principios del siglo XX, existe un tajante rechazo y desconfianza de los gobiernos y, en general, de la comunidad latinoamericana y caribeña ante cualquier posibilidad de intervención extranjera en la región. El fenecer de la Guerra Fría, aún evoca los malos recuerdos de Granada (1983), Panamá (1989) y Haití (1994).

Podría decirse que todos aquellos eran gobiernos no democráticos, por lo que la intervención foránea contribuyó a la transición hacia lo constitucional. No obstante, el sólo hecho de pensar en la ocupación momentánea del suelo patrio por fuerzas extranjeras, convierte la acción en algo indeseable por la mayoría, dados los estragos propios de una operación de este tipo, en la que predomina el uso de la fuerza.

En el actual orden internacional, pese a la existencia de gobiernos dictatoriales, forajidos, violatorios de los DDHH y que constituyen verdaderas amenazas a la paz y estabilidad mundial, las intervenciones armadas están cada vez más lejos de ser una opción para la solución de conflictos y crisis que aquejan a los países y sus relaciones. En la lenta pero sostenida evolución del Sistema Internacional, una intervención militar resulta cada vez más costosa, tanto desde el punto de vista económico como político.

Si bien, siguen ocurriendo intervenciones de este carácter, son cada vez más esporádicas y resultante de condiciones muy específicas en las que la seguridad internacional pareciera estar comprometida, como por ejemplo, las intervenciones en países cuyos gobiernos se les ha vinculado con el terrorismo. Siendo así, aunque, no se requiere de un consenso para la puesta en práctica de una intervención militar, ésta debe, por lo menos, no presentar mayor oposición real a su ejecución. Por el contrario, ahora se inscribe en el rango de acciones conjuntas, institucionales, tendientes a defender y preservar el sistema democrático y la estabilidad regional o mundial.

Lo interesante viene a ser el papel que juega la posibilidad de una intervención armada, por más remota que sea, en el discurso y política de defensa de los gobiernos autoritarios, trasgresores de las normas internacionales. Sin ningún tapujo, manipulan con la idea o amenaza de una intromisión extranjera en sus asuntos “internos y soberanos”, para no permitir que los factores reguladores pertenecientes a la institucionalidad y comunidad internacional participen en la denuncia, investigación y esclarecimiento de aquellos casos en los que se advierte, se están violando las normas del ordenamiento jurídico supranacional y se procure su cumplimiento. Todo lo contrario, se escudan en la supuesta intervención para impedir a toda costa ser supervisados y sancionados.

De acuerdo a lo anterior, en una sentencia del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, éste señala que “El principio de no intervención supone el derecho de todo Estado soberano de llevar sus asuntos sin interferencia exterior”, pero también aclara que: “La intervención prohibida debe recaer sobre materias respecto de las cuales cada Estado puede, por el principio de soberanía del Estado, decidir libremente. La intervención es ilícita cuando son usados métodos de coerción respecto de tales elecciones, las cuales deben permanecer libres”. Es decir, el principio de no intervención, no escuda el incumplimiento por parte de gobiernos de los DDHH, ni el impedir a la población el libre ejercicio de sus derechos y deberes. 

En este sentido, pareciera que la constante y vociferante denuncia de intervención militar extranjera por algunos regímenes sirve más a los propósitos de quien, en teoría, la padecería, en su afán por evitar ser auditados y a la vez lograr cierta cohesión a su alrededor, que a los intereses reales de quienes, en el papel, serían los ejecutores.

Profa. Cátedra de Historia, EEI-UCV


Llegada de los marines estadounidenses en el aeropuerto de Puerto Príncipe, Haití, 1994.
Fuente: Getty Images


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Las opiniones emitidas por los articulistas son de responsabilidad individual y en ningún caso comprometen opiniones de la entidad que promueve este espacio.


martes, 6 de marzo de 2018

ARIGlobal: VIVIR COMO FEMINISTA



Espacio de reflexión sobre la realidad internacional a cargo de docentes e investigadores vinculados al postgrado de relaciones internacionales y globales de la UCV.  Opiniones, comentarios y reflexiones sobre distintos temas de la agenda internacional y de las relaciones exteriores  de Venezuela que combina lo interméstico y global


María Gabriela Mata Carnevali*





Quién pone en duda la urgencia que sigue siendo el feminismo?
 Falta muchísimo de todo lo que nos hemos propuesto.
¿Vivir como feminista?
¿De qué otro modo puede uno vivir, escribir, pensar?

                                             Angeles Mastreta

Otro 8 de marzo,  Día Internacional de la Mujer. Suele pasar como si nada. Algunas felicitaciones de gente sensible, casi siempre de otras mujeres. Una que otra nota de prensa. Una que otra alusión en un programa de radio o televisión. Y millones de nuestras congéneres en el  país y el mundo todavía padecen de discriminación a causa de su género.  Y lo que es peor, se sienten ellas mismas inferiores a causa de su género. Valga pues la oportunidad para recordar y recordarnos la urgencia que sigue siendo el feminismo.

Falta muchísimo de todo lo que nos hemos propuesto. 

En pleno siglo XXI la mujer continúa siendo víctima de otros y de sí misma. Cuando se analizan estos temas en el ámbito internacional, siempre se menciona en primer lugar la posición de la mujer dentro del Islam, considerada una religión retardataria en este aspecto; pero sería un error imperdonable caer en ese tipo de prejuicio producto de un orientalismo poco crítico.

Desde el punto de vista del discurso feminista islámico, las fuentes del Islam son  incluso promotoras de la igualdad de género. Sin embargo, el mensaje de la equidad entre hombres y mujeres ha sido opacado por la interpretación predominantemente masculina que se ha hecho de las fuentes. Por eso, las propuestas de los movimientos feministas islámicos establecen tres ejes de acción urgentes: la re-lectura de las fuentes sagradas, la historicidad de las fuentes y la clara demarcación de lo permanente y lo temporal del discurso sagrado.




En todo caso, la violencia en contra de la mujer no es exclusiva de la cultura musulmana. La mayoría de los abortos en el mundo son de niñas. Si las dejan nacer, no siempre pueden ir a la escuela. La costumbre dice que  han de quedarse en casa para ayudar a criar a sus hermanitos ¿Para que le serviría si su futuro es casarse más temprano que tarde, a veces antes de los 15? Por otra parte,  se estima que el 35 por ciento de las mujeres en el mundo han sufrido violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental o violencia sexual por parte de una persona distinta a su compañero sentimental en algún momento de su vida.  Una de cada seis es víctima de violación en los países industrializados.  Y  se sabe que la participación femenina en la vida pública sigue siendo minoritaria. Las mujeres tenemos acceso limitado a posiciones de influencia y poder y en no pocos casos obtenemos menores ingresos que los hombres desempeñando el mismo trabajo.

Otra forma particular de violencia es la que se ejerce sobre las mujeres durante los conflictos armados.   Las mujeres y sus hijos son las principales víctimas de la guerra, no sólo por el maltrato físico del que pueden llegar a ser objeto, sino porque la mayoría de las veces se ven obligadas a dejar sus hogares en condiciones muy precarias.     Setenta por ciento de los refugiados en el mundo son mujeres.

Todas las formas de violencia contra la mujer constituyen violaciones a los derechos humanos y hay que luchar por superarlas. Por lo tanto, vivir como feminista no es una alternativa, es una necesidad ¿De qué otro modo puede uno vivir, escribir, pensar?

Debemos presionar para que se refuercen en las legislaciones nacionales sanciones penales, civiles, laborales y administrativas para castigar la violencia contra las mujeres en los ámbitos público y privado, y promover campañas dirigidas a cambiar las  mentalidades que fomentan tanto el abuso como la sumisión.

Como dijo Koffi Annan,  Ex Secretario General de la ONU en uno de sus mensajes  un 8 de marzo:

“Los derechos humanos no son algo que se pueda dar o quitar por los gobiernos como si se tratara de un subsidio.  No son algo que tenga que ser explicado para cada cultura en forma específica. Son, simple y llanamente, intrínsicos a la humanidad”.

La primera batalla tenemos que ganarla dentro de nosotras mismas.  Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento.




miércoles, 6 de diciembre de 2017

ARIGlobal: Sentido de futuro: ¿De la cuarta revolución industrial a la cuarta generación de DDHH?



Espacio de reflexión sobre la realidad internacional a cargo de docentes e investigadores vinculados al postgrado de relaciones internacionales y globales de la UCV.  Opiniones, comentarios y reflexiones sobre distintos temas de la agenda internacional y de las relaciones exteriores  de Venezuela que combina lo interméstico y global



 María Gabriela Mata Carnevali*



Nuestros mejores esbozos de humanidad futura resultaron apenas artificios de pólvora que ardieron bajo la lluvia de la primera noche.
Mario Payeras


                                                                


La cuarta revolución industrial, marcada por la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas, vaticina el fin del mundo tal como lo conocemos. “En su escala, alcance y complejidad, la transformación será distinta a cualquier cosa que el género humano haya experimentado antes", afirma Klaus Schwab, director ejecutivo del Foro Económico Mundial (2016); y esta amenaza desde ya se refleja en el debate sobre derechos humanos.

Dado que mantener el status quo no es una opción, necesitamos, en efecto, repensar la condición humana en la sociedad tecnológica, hontanar de sentido de la razón y sin razón en el siglo XXI, para definir lo que podría ser la cuarta generación de derechos humanos.

Hablar de una cuarta revolución industrial supone que hubo tres previas. A la primera se la conoce simplemente como “la revolución industrial”; marca el paso de la producción manual a la mecanizada entre 1760 y 1830 gracias al invento de la máquina de vapor. La segunda es producto de la electricidad, que permitió la manufactura en masa a partir de 1850, y la tercera le imprime su sello al siglo XX de la mano de la electrónica y la tecnología de la información y las telecomunicaciones. Pero, en estas primeras décadas del siglo XXI, la ingeniería genética, que permite el control y transferencia del ADN de un organismo a otro y las neurotecnologías orientadas a la manipulación del cerebro, junto a la tendencia a la automatización total de la manufactura por cuenta de sistemas ciberfísicos, están cambiando la manera en la que vivimos, trabajamos y nos relacionamos los unos con los otros; y la velocidad, amplitud y profundidad de esta nueva revolución nos está obligando a repensarlo todo, incluso lo que significa ser humanos y los derechos inherentes a esta condición.

“La noción de Derechos Humanos se corresponde con la afirmación de la dignidad de la persona frente al Estado”, dice Pedro Nikken (1994); y es que la dignidad de la persona puede verse ofendida por distintas causas, pero no todas configuran, técnicamente, violaciones a los derechos humanos (en lo adelante DDHH).  La nota característica de las violaciones a los DDHH es que ellas se cometen desde el poder público o gracias a los medios que éste pone a disposición de quienes lo ejercen. “Usualmente implican lucha” nos recuerda por su parte Carlos Chipoco (1994). En efecto, su historia es una historia de luchas que puede verse como una lista de sucesivas conquistas.

Basándose en la teoría de la evolución histórica de los DDHH, primero fueron los derechos civiles y políticos, reconocidos tras la Revolución Francesa y vinculados con el principio de libertad, tan caro al pensamiento liberal. Generalmente se consideran derechos de defensa o negativos, que exigen de los poderes públicos su inhibición y no injerencia en la esfera privada.  Son los llamados derechos de “primera generación”.

 Los derechos económicos, sociales y culturales, producto de las luchas del movimiento obrero luego de la primera y segunda revolución industrial, de marcada influencia marxista, constituyen  la “segunda generación” y están vinculados con el principio de igualdad. Exigen para su realización efectiva de la intervención de los poderes públicos a través de la prestación de servicios.

Los derechos de “tercera generación”, también conocidos como Derechos de los Pueblos, desarrollados tras las guerras mundiales, contemplan cuestiones de carácter supranacional como la necesidad de preservar el patrimonio común de la humanidad, la justicia internacional, el derecho a la paz, a un desarrollo sostenible y un medio ambiente sano. 

Hoy se discute sobre una cuarta generación de DDHH, que por lo general se relaciona a las TICs o nuevas tecnologías de la información y comunicación, típicas de la tercera revolución industrial. Se estima que las libertades y derechos conciernen también al espacio digital, lo que ha provocado que su reconocimiento y protección por parte del Estado constituya un verdadero reto por parte del sistema jurídico.

Sin embargo, a todas luces esto no es suficiente pues, como vimos, la cuarta revolución industrial sería el producto de la convergencia de las TICs con nuevas tecnologías físicas y biológicas, lo que implica una discusión ética sobre su incidencia en nuestra vida diaria que concierne al Derecho y en general a las humanidades, entendidas como esos saberes que se ocupan de hechos exclusivamente humanos y que según Adela Cortina (2013), a diferencia del conocimiento naturalista,  trabajan  a partir de hechos, pero tratan de articularlos desde el sentido y tienen en cuenta  “esa intersubjetividad humana, sin la que no existen ni ciencia objetiva, ni política legítima”. Para esta reconocida filosofa  española “es en esta articulación de las innovaciones en ciencias, técnicas y humanidades en la que nos jugamos el futuro del bien humano”.

¿Es posible controlar jurídicamente los aspectos negativos de la racionalidad tecnológica, que se ha convertido en la racionalidad dominante de nuestra época? ¿Cuáles son sus efectos en la mentalidad individual y en las estructuras sociales? ¿Qué  nuevos derechos convendría integrar a la Declaración Universal  de  DDHH en virtud de los cambios previsibles?

Según José Antonio Garcés (2016), “Un punto sensible del cambio que viene es la amenaza al empleo y la eventual profundización de la desigualdad (...). La automatización o incluso “robotización” de algunas labores puede destruir más empleos de los que se creen, que además, estarán destinados a quienes tengan el capital intelectual necesario para insertarse en este nuevo modelo de producción, pues el conocimiento será el capital más relevante”.

El derecho al trabajo ya está reconocido desde la segunda generación de DDHH;  ¿en el debate en curso, será suficiente incluir lo de formarse en nuevas tecnologías o habrá que pensar en limitar lo que los robots puedan hacer. ¿Podemos siquiera imaginar cual debería ser este límite para defender la dignidad humana frente a la máquina o cual el rol del Estado en esta materia? Sin duda, la literatura y el cine ya se han aventurado por tales complejidades, pero la historia nos muestra que los derechos se conquistan una vez que los problemas han abierto el campo de batalla. Quizás es demasiado pronto para asomar este tema, pero ¿no será después demasiado tarde?  ¿Los principios que han de normar la convivencia de los humanos con los robots, entonces, para la cuarta o para la quinta generación de DDHH?

Obviamente, estas son todas  preguntas para las que no es posible una respuesta simple. Por eso luce conveniente desviarse por un camino menos especulativo y abogar por el sistema mismo, el sistema internacional de defensa de los DDHH que garantizaría su eventual evolución hacia otras generaciones de derechos; y abogar por la Democracia, pues dentro de los distintos tipos de gobierno, la Democracia favorece como ninguno el respeto a los DDHH, ya que de eso depende en gran parte su credibilidad. 

 El asunto es que los DDHH están en peligro. Los Estados encargados de protegerlos defienden  más  las fronteras que las personas y se escudan en la soberanía para hacer caso omiso de sus deberes.

Según Salil Shetty (2017), Secretario General de Amnistía Internacional, “2016 fue un año en el que la idea de dignidad e igualdad humanas, el concepto mismo de familia humana, fue objeto de intensa e implacable agresión en forma de discursos de culpa, miedo y búsqueda de chivos expiatorios, propagados por quienes querían tomar el poder o aferrarse a él casi a cualquier precio.”

Entonces, ¿De la cuarta revolución industrial a la cuarta generación de DDHH? Si y solo si se resuelven las contradicciones del presente en cuanto al sistema internacional de protección y se fomentan las tradiciones e instituciones democráticas a lo interno de los países, que ojalá no resulten artificios de pólvora que ardan bajo la lluvia de la primera noche.

*Profa  FACES / ARIG / EEII

Referencias:

Cortina, Adela (2013). El futuro de las Humanidades. Revista Chilena de  Literatura.  Nº.84. Santiago

Chipoco, Carlos (2010). La protección universal de los derechos humanos. Una aproximación crítica. En: Rodolfo Cerdas y Rafael Nieto (comp.)  Estudios básicos de derechos humanos. IIDH. San José.

Garcés, J. A. (2 feb, 2016). Qué nos depara la Cuarta Revolución Industrial. Diario Financiero.Disponible:http://usec.cl/opinion/pagina/2?columnista=1&filtro[columnista]=1#!/53/jose-antonio-garces-que-nos-depara-la-cuarta-revolucion-industrial

Nikken, Pedro (1994)  El concepto de derechos humanos. En: Rodolfo Cerdas y Rafael Nieto (comp.)  Estudios básicos de derechos humanos I. IIDH. San José.

Schwab Klaus (2016). La cuarta revolución industrial. Disponible: http://ebooks.qsafe.men/?book=1159882006&c=es&format=pdf

Shetty, Salil  (2017). Amnistía Internacional  Informe  2016/ 2017 Disponible: file:///C:/Users/Maria%20Gabriela/Downloads/POL1048002017SPANISH%20(2).PDF

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miércoles, 5 de julio de 2017

ARIGlobal: Venezuela, 2017



Espacio de reflexión sobre la realidad internacional a cargo de docentes e investigadores vinculados al postgrado de relaciones internacionales y globales de la UCV. ---- Opiniones, comentarios y reflexiones sobre distintos temas de la agenda internacional y de las relaciones exteriores   de Venezuela que combina lo interméstico y global.

Johanna Perez  Daza* 



Me duelen los ojos. Los cierro y aprieto, intentando contener las lágrimas. No puedo. Se escapan y bajan por mis mejillas en una caricia lenta y suave que no me consuela. He visto tanto, el dolor salta de la imagen y me traspasa. Deja su quietud para taladrar mis entrañas. ¿Cuánto he visto? ¿Cuánto falta por ver? 

Evito sensacionalismos, me escurro de la insensibilidad. Trato, pero es en vano. Sigo mirando. Una imagen y otra. Tragedia y sangre. La foto de un joven tendido en el piso, su pecho abierto y una sonrisa quieta modelando su rostro.

Sobre una moto otro se va desangrando. Gritan los compañeros, los de muchos años y los de pocos instantes. Llora la madre. Llora el país. Una foto más.

Era músico, violinista. Mi hija canta y aprende a tocar flauta. Las fotos se confunden en mi cabeza, se mezclan, pululan y engendra nuevas imágenes. Me duelen los ojos, no quisiera ver todo lo que he visto.

Cientos de velas retan la noche. Fragmentos de fuego espantan la oscuridad. Hay frío. Un altar y algunas flores. Fotos con los rostros de los caídos. Son tantos. Son tan jóvenes.

Me detengo en una imagen: camisa beige, insignia escolar. Sonríe. Identifico el lugar. He estado ahí. Mi hija lo recorre a diario. Es el mismo colegio. Se me hiela la sangre. Lloro. Sigue oscuro, aún no amanece, las imágenes se enmarañan. Pensamientos, hechos, temores e imaginación ¿dónde terminan? ¿qué los separa?

Empezaba estudios en la universidad. ¿Me toparé con su puesto vacío? ¿Acaso estuvo en esta aula? ¿Coincidiríamos en el pasillo de ingeniería o atravesando Tierra de Nadie? Una punzada directa, certera y aguda. Me duelen los ojos, pero no puedo dejar de mirar. Arden, queman, pican y todavía no se esparce todo el gas.

¿Qué cambia una foto? Me cambia a mí. ¿Transforma algo? Transforma mi interior, trastoca mi intimidad, devela mis sentimientos. Me duelen los ojos pero más me duele el pecho, se me quiebra el alma, se me encoge el corazón.

¿Para qué hacerlas? Son fotos crueles. Más cruel es la realidad que las genera.
¿Y si cierro los ojos? La realidad seguirá allí, su existencia es independiente de mi mirar.
¿Otro disparo? Si. ¿Fue un fusil o una cámara? ¿Te das cuentas que las dos son armas?

La fotografía me interpela, me ofrece más preguntas que respuestas ¿cuántas atrocidades caben en una toma? ¿con qué lente se trabaja la esperanza? ¿a qué distancia me sitúo? ¿desde qué ángulo se confronta al poder? ¿cuánto más debo mirar?

Otra más. Uno más. ¿para qué contarlos? Son cifras, son vidas. Imágenes de la ausencia y la represión, violencia y fatalidad. ¿capturan la muerte o el último instante de la vida?
Bombas, balas… ¿metras? ¿con las qué jugábamos? Si, quienes dispararon también jugaron con ellas. ¿Está mal voltear la mirada de vez en cuando? Hay momentos en los que no quiero mirar. ¿cuántos muertos se añadirán mientras cierro los ojos? Recuerdo: nada tienen que ver con mi mirar.

20, 17, 19, 34, 21, 47, 23… años. Pernalete, Cañizales, Arellano, Carlos, Paola, Danny, Paúl, Almelina, Neomar… hijos, hermanos, padres. Estudiantes, oficiales, comerciantes. Números y nombres, filiaciones y ocupaciones. Conforman un retrato. Diferentes planos, composiciones y encuadres para enfocar una escena continuada que gangrena la piel del país. Me duelen los ojos, creo que también van a sangrar.

¿Álbum o galería? No importa. Hay de todo y para todos.

            La foto punitiva que identifica y criminaliza. Prueba y evidencia. La imagen que culpa e incrimina.

La foto espectáculo que se viraliza y nos confunde. Perdemos el foco, nos distraemos en ella y caemos en la trampa.
La foto tentadora para la que todos posan. El show al que nadie se resiste. La seducción de mostrar, aparecer y exhibirse.
La foto emocional que conmueve, sin informar. Imprecisa y descontextualizada, apela a nuestros imaginarios y significaciones culturales.
La foto censurada que por prohibida será más llamativa, buscada y divulgada por vías alternas teniendo mayor alcance y promoción.
La foto fabricada, sigilosamente estructurada. Intencionada y maliciosa se desliza sin pudor, despojada de escrúpulos y principios. En ella, el fin justifica –y construye- los medios.
¿Memoria o saturación visual?  No importa. Hay de todo y para todos.


Me duelen los ojos. Ya no importa. Es peor el dolor en mi alma. 

                                        Foto: Gabriel Osorio / Caracas 2017

*Profa   ININCO / ARIG


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